Fragmentos escritos por Juan Pablo
II
Juan Pablo
Segundo dijo:
No tengáis miedo. El hombre ha nacido para ser feliz.
Sólo el amor construye. El odio destruye. Lo único que hace el
odio es disgregar y desorganizar toda vida.
Hoy no basta ya afirmar. Hay que saber escuchar para comprender en
qué punto se encuentra el otro en su camino de búsqueda o en su
drama de derrota y huida.
El hombre no puede vivir sin esperanza. Debe aspira a algo, debe
tener finalidad en la vida y la sensación de poder alcanzarla. La
esperanza está ligada al futuro.
El tiempo que vivimos, no es tiempo de peligro e inquietud. Es
tiempo de esperanza y de logros.
El hombre, por encima de toda actividad social o intelectual, por
alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización
integral, su riqueza insustituible en la familia.
Aquí, realmente, más que en otro campo de su vida, se juega el
destino del hombre.
Los padres deberían hacer crecer a sus hijos en un estilo de vida
sencillo y austero, enseñándoles que el hombre vale más por lo
que es que por lo que tiene.
Los jóvenes deben ser las mejores personas que puedan ser. Deben
desarrollar al máximo las posibilidades inmensas que Dios les ha
dado al hacerlos a su imagen. No se contenten con mediocridades.
El mundo de los hombres pueden hacerse cada vez más
"humano", solamente si en todas las relaciones recíprocas,
introducimos el momento del perdón.
Juan Pablo Segundo dijo: Vuestro hogares deben
seguir siendo siempre hogares de oración.
En realidad sólo llega a nuevas metas, quién sabe que todavía no
ha conquistado aquello a lo que aspira.
EL Perdón es además la condición fundamental de la reconciliación,
no solo en la relación de Dios con el hombre, sino en las relacione
recíprocas entre los hombres.
Ya sabéis, que antes de dar comienzo a su vida pública, Jesús se
retiró a orar cuarenta días en el desierto. Pues bien, queridísimos
hermanos en Cristo. Procurad hacer, vosotros también, un poco de
silencio en vuestra vida, para poder pensar, reflexionar y orar con
mayor fervor y hacer propósitos con más decisión.
Deseo a vosotros que os descubráis a vosotros mismos a lo largo del
camino.
Hoy resulta difícil crearse zonas de desierto y de silencio, porque
estamos continuamente envueltos en el engranaje de las ocupaciones,
en el fragor de lo acontecimientos y en el reclamo de los medios de
comunicación, de modo que la paz interior corre peligro, y
encuentran obstáculos los pensamientos elevados que deben calificar
la existencia del hombre. Es difícil, pero tan importante nutrirse
del silencio.
Pronunciando las palabras del Padrenuestro, Jesús creó un modelo
de oración concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo
que se puede y se debe decir al Padre, está encerrado en las siete
peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas, una sencillez
tal, que hasta un niño las aprende, pero al mismo una profundidad
tal, que se puede pasar una vida entera en meditar su sentido.
No se construye una sociedad justa sobre las injusticia. No se
construye una sociedad que merezca el título de humana, dejando de
respetar al otro, y peor todavía, negándole a los seres las
libertades más fundamentales.
No se puede pensar en construir un mundo nuevo sin ser fuertes y
valientes para superar las ideas hoy de moda, los criterios de
violencia del mundo y las sugestiones del mal.
Todo ello exige que traspasemos las barreras del miedo, para ser
testigos de Cristo, y al mismo tiempo presentar una imagen del
hombre auténtico, que se expresa únicamente en el amor.
Durante la oración percibimos con más facilidad la unión con el
ser superior.
La caridad es el vínculo de la perfección.
Por medio de ella maduran más plenamente el hombre y la fraternidad
del planeta.
El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya
obediencia consiste en dignidad humana.
El trabajo más importante no es el de la transformación del mundo,
sino el de la transformación de nosotros mismos.
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